EL VAMPIRO LITERARIO

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sábado, 22 de mayo de 2010

LA MUERTE EN LA POESIA MEXICANA


LA MUERTE EN LA POESIA MEXICANA.
He aqui uno de los poetas de mayor importancia en las letras mexicanas de la primera mitad del siglo XX. Cuando lo lei la primera vez en 1983 realmente mas que fascinarme, me conmovio.
Nota> Disculpen la falta de tildes pero el teclado esta en ingles.Gracias. Dante.


Semblanza

Pilar Jiménez Trejo



Jaime Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926. Es hijo del mayor Julio Sabines, de origen libanés, y de doña Luz Gutiérrez, nacida en Chiapas.

Julio Sabines, nació en un pueblo cerca de Líbano, siendo un niño junto con sus padres y sus dos hermanos emigró a América. La familia se asentó en Cuba, pero pocos años después Julio se marchó a México. Participó en la Revolución y, al llegar a Chiapas, había alcanzado ya el grado de capitán de las fuerzas carrancistas. Por su parte, Doña Luz pertenecía a la alta sociedad chiapaneca de su tiempo. Fue hija de Joaquín Miguel Gutiérrez, jurista y dirigente liberal que fue gobernador del estado en cuyo honor la capital, Tuxtla, lleva su apellido. Julio y Luz tuvieron tres hijos: Juan, Jorge y Jaime, nuestro poeta.



Fue durante la preparatoria cuando Jaime publicó sus primeros poemas en el periódico de la escuela llamado El Estudiante; Algunos de ellos están en su primer libro, Horal. No obstante, reconoce que la mayoría de lo escrito en esa época eran versos de principiantes, como lo dejan ver —dice— los mismos títulos: "A la bandera", "A mi madre", "Primaveral", "Introspección", y poemas a las novias. Sabines llegó a ser director de ese periódico, que alguna vez lo consideró un futuro valor de las letras chiapanecas





En 1945 viajó a la ciudad de México para estudiar medicina, carrera que abandonó a los tres años porque su concepto romántico de la medicina —quería inventar medicamentos— desapareció en los primeros meses en que estuvo en el antiguo edificio de la Inquisición, en la Plaza de Santo Domingo en el Centro Histórico, edificio sede de la Escuela de Medicina. De pronto se encontró solo, en una ciudad indiferente, y se puso a leer con fruición y desvarío. Nació la necesidad de escribir sus angustias. No quería ser médico. El poeta se hizo en ese tiempo en que estuvo en contacto con el dolor humano.




Fue en este mismo año cuando publicó el primer poema que consideró bueno, "Introducción a la muerte", en la revista América, que dirigían Efrén Hernández y Marco Antonio Millán.

Después, Jaime regresó a Chiapas, donde permaneció un año. Trabajó como vendedor en la mueblería Sabines, propiedad de su hermano Juan. En 1949 regresó a la ciudad de México e ingresó a la Escuela de Filosofía y Letras.

En su nueva facultad encontró su verdadera vocación, aprendió a ver la poesía no sólo como un don sino como un oficio. Entre sus maestros figuraban Julio Torri, Amando Bolaños e Isla, Julio Jiménez Rueda, Enrique González Martínez, José Gaos, Eduardo Nicol. Entre sus compañeros y amigos han destacado Sergio Magaña, Sergio Galindo —su gran amigo—, Emilio Carballido, Rosario Castellanos, Dolores Castro, Luis Josefina Hernández. Algunos solían reunirse a discutir y comentar sus textos en la casa de Efrén Hernández, lugar al que asistían poetas, novelistas y dramaturgos. Ahí conoció Sabines a Juan Rulfo, a Pita Amor, a Guadalupe Dueñas y a Juan José Arreola.

Aunque Jaime Sabines comenzó a escribir a los dieciséis años, lo que rescató fue aquello que empezó a hacer a partir de los veintitrés, cuando notó que tenía una voz propia y decidió publicar Horal.







Al aparecer esta obra, Carlos Pellicer se ofreció a hacerle un prólogo, pero Sabines rechazó la oferta porque no deseaba empezar a andar con muletas, apoyándose en la celebridad de otro.

En 1952, cuando había cursado tres años en Filosofía y Letras, se vio obligado a regresar a Tuxtla ya que su padre habla sufrido un accidente y se encontraba grave. Durante los años universitarios, además de Horal, había escrito La señal y Adán y Eva.

En mayo de 1953 su hermano Juan, al ser elegido diputado, viajó a la ciudad de México, motivo por el cual le dejó su tienda de ropa a su hermano Jaime, el cual contrajo matrimonio ese mismo año con Josefa Rodríguez Zebadúa, a quien conocía desde niño.












De regreso en Tuxtla, después de su matrimonio en México e instalado en la tienda de telas El Modelo, Sabines se propuso como ejercicio de sombra —como hacen los boxeadores— hacer un soneto diario a lo largo de un mes, con la única finalidad de que la mano no se olvidara de escribir y no para buscar alguna disciplina, de la que, en el caso de la poesía, nunca ha sido creyente.

Durante siete larguísimos años, de 1953 a 1959, el poeta, a pesar de haber publicado tres libros, vivió imprecando contra su suerte por tener que hacer algo tan indigno como barrer la calle, levantar las cortinas y mercar telas. "Entonces fue un gran aprendizaje de humildad —dice—, allí se me fue toda la vanidad, esa que tienen los jóvenes. Yo me sentía humillado y ofendido por la vida. ¿Cómo era posible que estuviese en aquella actividad, la más antipoética del mundo, la del comerciante?" Al cabo de dos o tres años la actividad fue ejerciendo sus influjos. La hostilidad de la provincia, para un poeta que había probado la hostilidad de la gran urbe, se nota en su libro Tarumba, nacido tras el mostrador de telas en 1945, cuando iba a nacer su hijo Julio.

Al publicar Tarumba, Sabines tenía treinta años, cuatro libros, estaba casado, y tenía un hijo, vendía telas en su tienda, a donde llegaban a pedirle consejo y a beber con él otros poetas más jóvenes: Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos, Óscar Oliva, quienes más tarde formarían parte del grupo La Espiga Amotinada.

Sabines regresó a México en 1959, cuando su hermano Juan instaló una fábrica de alimentos para animales, a la que llegó a trabajar. Ese mismo año, en el mes de abril, el Ateneo de Ciencias y Artes le otorgó el Premio Chiapas.

De regreso en la ciudad de México, escribió Diario Semanario, un poema de amor a la enorme ciudad, la reconciliación con la gran urbe, como ha dicho el propio Sabines.

A raíz de la enfermedad y muerte de su padre, Sabines escribió en distintas épocas cada una de las dos partes de Algo sobre la muerte del Mayor Sabines. "Todo el poema —rememora el poeta— se hizo con llanto, con sangre. Es un poema del que no me gusta hablar porque es puro dolor, desgarramiento , impotencia ante la muerte..."




En 1962, la UNAM publicó el primer Recuento de poemas de Jaime Sabines, donde se recopiló casi todo lo que había escrito hasta entonces.

Dos años después fue becario del Centro Mexicano de Escritores, donde estaban Juan Rulfo, Francisco Monterde y Salvador Elizondo. Fue precisamente durante esa beca que el poeta escribió la segunda parte de Algo sobre la muerte del Mayor Sabines.

En 1965 visitó Cuba como jurado del Premio Casa de las Américas. Quedó impresionado por las carencias y mucho trabajo con que vivía la gente allá. Esto le produjo un desencanto con la izquierda. A raíz de esto escribió poemas de carácter político que incluiría en Yuria, publicado en 1967. Yuria no significa nada en especial, explica el poeta: "es el amor, es el viento, la noche, el amanecer, incluso un país o bien una enfermedad".

En 1966 murió su madre, Doña Luz. Al cabo de unos meses le escribió. Buscó hacer un canto tierno, librarse de tantas muertes. Sin embargo, al final descubrió que "ante la muerte lo único que se tiene es la cabeza rota, las manos vacías, ante la muerte el poema no existe". "Doña Luz", que forma parte del libro Maltiempo (1972), no deja de ser una reflexión filosófica ante la vida. Además, el libro habla de la cotidianidad, del cadáver de su gato, del viaje a la luna, del '68. No se trata de poesía de intensidad sino de ideas, de trucos, de inteligencia y malicia poética, explica el autor. Dos años más tarde de esta publicación, en 1974, recibió el Premio Xavier Villaurrutia.

En 1976 y 1979 fue diputado federal por Chiapas. En 1982, año en que hizo erupción el Chichonal, le fue otorgado el Premio Elías Sourasky. Sabines se encontraba en Pichucalco cuando se enteró de la noticia, pero le pareció fútil que mientras él era distinguido así, la naturaleza se encargaba de decirle lo poco importante que son estas vanaglorias y la pequeñez humana y el desamparo ante lo verdaderamente ingente.

En 1985, compró un rancho cerca de los lagos de Montebello al que bautizó con el nombre de Yuria. Fue una época en la que cultivó la tierra, y en la que estuvo en contacto profundo con la naturaleza. En 1988 fue elegido diputado por el Distrito Federal, motivo por el cual dejó su rancho.

También en 1985, recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes. En 1986, con motivo de sus sesenta años, fue homenajeado por la UNAM y el INBA. Ese mismo año el Gobierno del Estado de Tabasco le entregó el Premio Juchimán de Plata. En 1991 , el Consejo Consultivo le otorgó la Presea Ciudad de México y en 1994 el Senado de la República lo condecoró con la medalla Belisario Domínguez. Por su libro Pieces of Shadow (Fragmentos de sombra), antología de su poesía traducida al inglés y editada en edición bilingüe, Jaime Sabines ganó el Premio Mazatlán de Literatura 1996.

En la última década la enfermedad golpeó el cuerpo del poeta. Una fractura en la pierna izquierda, la complicación de varios males a los que sumaron más de 35 operaciones, hicieron que Sabines permaneciera gran parte de esos años en casa. Tiempo en que el poeta pudo reflexionar más acerca de la condición humana, y en el que logró concluir apenas un poema "Me encanta Dios", un canto que marca su "reconciliación con Dios". Tiempo también en el que revisó sus libretas donde fue escribiendo cada uno de sus poemas, de ahí Sabines rescató algunos que se convertirán en breve en sus Poemas rescatados. En ese tiempo, el poeta también pudo viajar, cuando la enfermedad no arreciaba tanto, las ciudades de Tamaulipas, Monterrey, Guadalajara, Tijuana y Tuxtla Gutiérrez, recibieron a Sabines para escucharlo decir sus poemas. En 1995 estuvo en Nueva York para presentar su libro Pieces of Shadow; junto a su traductor W.S. Merwin. Sabines leyó algunos versos en el atrio de la catedral de San Juan "El Divino". En el verano de 1997 participó en un encuentro de poesía en la capital holandesa. En octubre de ese mismo año viajó a Quebec, Canadá, para estar en un encuentro de poesía y en la publicación de su antología bilingüe (francés-español) Les poemes du piéton. Dos meses más tarde se encontraba en la capital francesa para presentar una nueva edición de Tarumba, traducido por Jean-Clarence Lambert; en ese mismo viaje a Europa, Sabines fue homenajeado en Madrid por la Asociación de Artistas y Escritores de España. Muchos encuentros más esperaban al poeta. Pero el dolor se impuso ante su cuerpo.

El 19 de marzo, a seis días de cumplir 73 años, Jaime Sabines decidió no luchar más contra la enfermedad. El poeta murió en su casa, acompañado de su esposa Chepita y sus cuatro hijos. Entonces ante el dolor de sus lectores, sus hijos recordaron en los diarios lo que Jaime Sabines siempre les dijo: "No hay que llorar la muerte, es mejor celebrar la vida". Sabines siempre supo, que habría de amanecer.

Encontrada en: http://www.cnca.gob.mx/sabines/semblan.html


Algo Sobre la Muerte del Mayor Sabines (1973)

Primera Parte

I

Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Convalecemos de la angustia apenas
y estamos débiles, asustadizos,
despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño
para verte en la noche y saber que respiras.
Necesitamos despertar para estar más despiertos
en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
por eso es que este hachazo nos sacude.
Nunca frente a tu muerte nos paramos
a pensar en la muerte,
ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la
alegría.
No lo sabemos bien, pero de pronto llega
un incesante aviso,
una escapada espada de la boca de Dios
que cae y cae y cae lentamente.
Y he aquí que temblamos de miedo,
que nos ahoga el llanto contenido,
que nos aprieta la garganta el miedo.

Nos echamos a andar y no paramos
de andar jamás, después de medianoche,
en ese pasillo del sanatorio silencioso
donde hay una enfermera despierta de ángel.
Esperar que murieras era morir despacio,
estar goteando del tubo de la muerte,
morir poco, a pedazos.

No ha habido hora más larga que cuando no
dormías,
ni túnel más espeso de horror y de miseria
que el que llenaban tus lamentos,
tu pobre cuerpo herido.

II

Del mar, también del mar,
de la tela del mar que nos envuelve,
de los golpes del mar y de su boca,
de su vagina obscura,
de su vómito,
de su pureza tétrica y profunda,
vienen la muerte, Dios, el aguacero
golpeando las persianas,
la noche, el viento.

De la tierra también,
de las raíces agudas de las casas,
del pie desnudo y sangrante de los árboles,
de algunas rocas viejas que no pueden moverse,
de lamentables charcos, ataúdes del agua,
de troncos derribados en que ahora duerme el rayo,
y de la yerba, que es la sombra de las ramas del cielo,
viene Dios, el manco de cien manos,
ciego de tantos ojos,
dulcísimo, impotente.
(Omniausente, lleno de amor,
el viejo sordo, sin hijos,
derrama su corazón en la copa de su vientre.)

De los huesos también,
de la sal más entera de la sangre,
del ácido más fiel,
del alma más profunda y verdadera,
del alimento más entusiasmado,
del hígado y del llanto,
viene el oleaje tenso de la muerte,
el frío sudor de la esperanza,
y viene Dios riendo.

Caminan los libros a la hoguera.
Se levanta el telón: aparece el mar.

(Yo no soy el autor del mar.)

III

Siete caídas sufrió el elote de mi mano
antes de que mi hambre lo encontrara,
siete veces mil veces he muerto
y estoy risueño como en el primer día.
Nadie dirá: no supo de la vida
más que los bueyes, ni menos que las golondrinas.
Yo siempre he sido el hombre, amigo fiel del perro,
hijo de Dios desmemoriado,
hermano del viento.
¡A la chingada las lágrimas!,dije,
y me puse a llorar
como se ponen a parir.
Estoy descalzo, me gusta pisar el agua y las piedras,
las mujeres, el tiempo,
me gusta pisar la yerba que crecerá sobre mi tumba
(si es que tengo una tumba algún día).
Me gusta mi rosal de cera
en el jardín que la noche visita.
Me gustan mis abuelos de Totomoste
y me gustan mis zapatos vacíos
esperándome como el día de mañana.
¡A la chingada la muerte!, dije,
sombra de mi sueño,
perversión de los ángeles,
y me entregué a morir
como una piedra al río,
como un disparo al vuelo de los pájaros.

IV

Vamos a hablar del Príncipe Cáncer,
Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata,
que se divierte arrojando dardos
a los ovarios tersos, a las vaginas mustias,
a las ingles multitudinarias.

Mi padre tiene el ganglio más hermoso del cáncer
en la raíz del cuello, sobre la subclavia,
tubérculo del bueno de Dios,
ampolleta de la buena muerte,
y yo mando a la chingada a todos los soles del mundo.
El Señor Cáncer, El Señor Pendejo,
es sólo un instrumento en las manos obscuras
de los dulces personajes que hacen la vida.

En las cuatro gavetas del archivero de madera
guardo los nombres queridos,
la ropa de los fantasmas familiares,
las palabras que rondan
y mis pieles sucesivas.

También están los rostros de algunas mujeres
los ojos amados y solos
y el beso casto del coito.
Y de las gavetas salen mis hijos.
¡Bien haya la sombra del árbol
llegando a la tierra,
porque es la luz que llega!

V

De las nueve de la noche en adelante,
viendo televisión y conversando
estoy esperando la muerte de mi padre.
Desde hace tres meses, esperando.
En el trabajo y en la borrachera,
en la cama sin nadie y en el cuarto de niños,
en su dolor tan lleno y derramado,
su no dormir, su queja y su protesta,
en el tanque de oxígeno y las muelas
del día que amanece, buscando la esperanza.

Mirando su cadáver en los huesos
que es ahora mi padre,
e introduciendo agujas en las escasas venas,
tratando de meterle la vida, de soplarle
en la boca el aire...

(Me avergüenzo de mí hasta los pelos
por tratar de escribir estas cosas.
¡Maldito el que crea que esto es un poema!)

Quiero decir que no soy enfermero,
padrote de la muerte,
orador de panteones, alcahuete,
pinche de Dios, sacerdote de penas.
Quiero decir que a mí me sobre el aire...

VI

Te enterramos ayer.
Ayer te enterramos.
Te echamos tierra ayer.
Quedaste en la tierra ayer.
Estás rodeado de tierra
desde ayer.
Arriba y abajo y a los lados
por tus pies y por tu cabeza
está la tierra desde ayer.
Te metimos en la tierra,
te tapamos con tierra ayer.
Perteneces a la tierra
desde ayer.
Ayer te enterramos
en la tierra, ayer.

VII

Madre generosa
de todos los muertos,
madre tierra, madre,
vagina del frío,
brazos de intemperie,
regazo del viento,
nido de la noche,
madre de la muerte,
recógelo, abrígalo,
desnúdalo, tómalo,
guárdalo, acábalo.

VIII

No podrás morir.
Debajo de la tierra
no podrás morir.
Sin agua y sin aire
no podrás morir.
Sin azúcar, sin leche,
sin frijoles, sin carne,
sin harina, sin higos,
no podrás morir.
Sin mujer y sin hijos
no podrás morir.
Debajo de la vida
no podrás morir.
En tu tanque de tierra
no podrás morir.
En tu caja de muerto
no podrás morir.
En tus venas sin sangre
no podrás morir.
En tu pecho vacío
no podrás morir.
En tu boca sin fuego
no podrás morir.
En tus ojos sin nadie
no podrás morir.
En tu carne sin llanto
no podrás morir.
No podrás morir.
No podrás morir.
No podrás morir.
Enterramos tu traje,
tus zapatos, el cáncer;
no podrás morir.
Tu silencio enterramos.
Tu cuerpo con candados.
Tus canas finas,
tu dolor clausurado.
No podrás morir.

IX

Te fuiste no sé a dónde.
Te espera tu cuarto.
Mi mamá, Juan y Jorge
te estamos esperando.
Nos han dado abrazos
de condolencia, y recibimos
cartas, telegramas, noticias
de que te enterramos,
pero tu nieta más pequeña
te busca en el cuarto,
y todos, sin decirlo,
te estamos esperando.

X

Es un mal sueño largo,
una tonta película de espanto,
un túnel que no acaba
lleno de piedras y de charcos.
¡Qué tiempo éste, maldito,
que revuelve las horas y los años,
el sueño y la conciencia,
el ojo abierto y el morir despacio!

XI

Recién parido en el lecho de la muerte,
criatura de la paz, inmóvil, tierno,
recién niño del sol de rostro negro,
arrullado en la cuna del silencio,
mamando obscuridad, boca vacía,
ojo apagado, corazón desierto.

Pulmón sin aire, niño mío, viejo,
cielo enterrado y manantial aéreo
voy a volverme un llanto subterráneo
para echarte mis ojos en tu pecho.

XII

Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto.

Morir es olvidar, ser olvidado,
refugiarse desnudo en el discreto
calor de Dios, y en su cerrado
puño, crecer igual que un feto.

Morir es encenderse bocabajo
hacia el humo y el hueso y la caliza
y hacerse tierra y tierra con trabajo.

Apagarse es morir, lento y aprisa
tomar la eternidad como a destajo
y repartir el alma en la ceniza.

XIII

Padre mío, señor mío, hermano mío,
amigo de mi alma, tierno y fuerte,
saca tu cuerpo viejo, viejo mío,
saca tu cuerpo de la muerte.

Saca tu corazón igual que un río,
tu frente limpia en que aprendí a quererte,
tu brazo como un árbol en el frío
saca todo tu cuerpo de la muerte.

Amo tus canas, tu mentón austero,
tu boca firme y tu mirada abierta,
tu pecho vasto y sólido y certero.

Estoy llamando, tirándote la puerta.
Parece que yo soy el que me muero:
¡padre mío, despierta!

XIV

No se ha roto ese vaso en que bebiste,
ni la taza, ni el tubo, ni tu plato.
Ni se quemó la cama en que moriste,
ni sacrificamos un gato.

Te sobrevive todo. Todo existe
a pesar de tu muerte y de mi flato.
Parece que la vida nos embiste
igual que el cáncer sobre tu omoplato.

Te enterramos, te lloramos, te morimos,
te estás bien muerto y bien jodido y yermo
mientras pensamos en lo que no hicimos

y queremos tenerte aunque sea enfermo.
Nada de lo que fuiste, fuiste y fuimos
a no ser habitantes de tu infierno.

XV

Papá por treinta o por cuarenta años,
amigo de mi vida todo el tiempo,
protector de mi miedo, brazo mío,
palabra clara, corazón resuelto,

te has muerto cuando menos falta hacías,
cuando más falta me haces, padre, abuelo,
hijo y hermano mío, esponja de mi sangre,
pañuelo de mis ojos, almohada de mi sueño.

Te has muerto y me has matado un poco.
Porque no estás, ya no estaremos nunca
completos, en un sitio, de algún modo.

Algo le falta al mundo, y tú te has puesto
a empobrecerlo más, y a hacer a solas
tus gentes tristes y tu Dios contento.

XVI

(Noviembre 27)

¿Será posible que abras los ojos y nos veas
ahora?
¿Podrás oírnos?
¿Podrás sacar tus manos un momento?

Estamos a tu lado. Es nuestra fiesta,
tu cumpleaños, viejo.
Tu mujer y tus hijos, tus nueras y tus nietos
venimos a abrazarte, todos, viejo.
¡Tienes que estar oyendo!
No vayas a llorar como nosotros
porque tu muerte no es sino un pretexto
para llorar por todos,
por los que están viviendo.
Una pared caída nos separa,
sólo el cuerpo de Dios, sólo su cuerpo.

XVII

Me acostumbré a guardarte, a llevarte lo mismo
que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.
No eras distinto a mí, ni eras lo mismo.
Eras, cuando estoy triste, mi tristeza.

Eras, cuando caía, eras mi abismo,
cuando me levantaba, mi fortaleza.
Eras brisa y sudor y cataclismo,
y eras el pan caliente sobre la mesa.

Amputado de ti, a medias hecho
hombre o sombra de ti, sólo tu hijo,
desmantelada el alma, abierto el pecho,

Ofrezco a tu dolor un crucifijo:
te doy un palo, una piedra, un helecho,
mis hijos y mis días, y me aflijo.


Segunda Parte

I

Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos,
poco a poco te acabas.
Yo te he ido mirando a través de las noches
por encima del mármol, en tu pequeña casa.
Un día ya sin ojos, sin nariz, sin orejas,
otro día sin garganta,
la piel sobre tu frente agrietándose, hundiéndose,
tronchando obscuramente el trigal de tus canas.
Todo tú sumergido en humedad y gases
haciendo tus desechos, tu desorden, tu alma,
cada vez más igual tu carne que tu traje,
más madera tus huesos y más huesos las tablas.
Tierra mojada donde había tu boca,
aire podrido, luz aniquilada,
el silencio tendido a todo tu tamaño
germinando burbujas bajo las hojas de agua.
(Flores dominicales a dos metros arriba
te quieren pasar besos y no te pasan nada.)

II

Mientras los niños crecen y las horas nos hablan
tú, subterráneamente, lentamente, te apagas.
Lumbre enterrada y sola, pabilo de la sombra,
veta de horror para el que te escarba.

¡Es tan fácil decirte "padre mío"
y es tan difícil encontrarte, larva
de Dios, semilla de esperanza!

Quiero llorar a veces, y no quiero
llorar porque me pasas
como un derrumbe, porque pasas
como un viento tremendo, como un escalofrío
debajo de las sábanas,
como un gusano lento a lo largo del alma.

¡Si sólo se pudiera decir: "papá, cebolla,
polvo, cansancio, nada, nada, nada"
!Si con un trago te tragara!
¡Si con este dolor te apuñalara!
¡Si con este desvelo de memorias
-herida abierta, vómito de sangre-
te agarrara la cara!

Yo sé que tú ni yo,
ni un par de valvas,
ni un becerro de cobre, ni unas alas

sosteniendo la muerte, ni la espuma
en que naufraga el mar, ni -no- las playas,
la arena, la sumisa piedra con viento y agua,
ni el árbol que es abuelo de su sombra,
ni nuestro sol, hijastro de sus ramas,
ni la fruta madura, incandescente,
ni la raíz de perlas y de escamas,
ni tío, ni tu chozno, ni tu hipo,
ni mi locura, y ni tus espaldas,
sabrán del tiempo obscuro que nos corre
desde las venas tibias a las canas.

(Tiempo vacío, ampolla de vinagre,
caracol recordando la resaca.)

He aquí que todo viene, todo pasa,
todo, todo se acaba.
¿Pero tú? ¿pero yo? ¿pero nosotros?
¿para qué levantamos la palabra?
¿de qué sirvió el amor?
¿cuál era la muralla
que detenía la muerte? ¿dónde estaba
el niño negro de tu guarda?

Ángeles degollados puse al pie de tu caja,
y te eché encima tierra, piedras, lágrimas,
para que ya no salgas, para que no salgas.

III

Sigue el mundo su paso, rueda el tiempo
y van y vienen máscaras.
Amanece el dolor un día tras otro,
nos rodeamos de amigos y fantasmas,
parece a veces que un alambre estira
la sangre, que una flor estalla,
que el corazón da frutas, y el cansancio
canta.

Embrocados, bebiendo en la mujer y el trago,
apostando a crecer como las plantas,
fijos, inmóviles, girando
en la invisible llama.
Y mientras tú, el fuerte, el generoso,
el limpio de mentiras y de infamias,
guerrero de la paz, juez de victorias
-cedro del Líbano, robledal de Chiapas-
te ocultas en la tierra, te remontas
a tu raíz obscura y desolada.

IV

Un año o dos o tres,
te da lo mismo.
¿Cuál reloj en la muerte?, ¿qué campana
incesante, silenciosa, llama y llama?
¿qué subterránea voz no pronunciada?
¿qué grito hundido, hundiéndose, infinito
de los dientes atrás, en la garganta
aérea, flotante, pare escamas?

¿Para esto vivir? ¿para sentir prestados
los brazos y las piernas y la cara,
arrendados al hoyo, entretenidos
los jugos en la cáscara?
¿para exprimir los ojos noche
a noche en el temblor obscuro de la cama,
remolino de quietas transparencias,
descendimiento de la náusea?

¿Para esto morir?
¿para inventar el alma,
el vestido de Dios, la eternidad, el agua
del aguacero de la muerte, la esperanza?
¿morir para pescar?
¿para atrapar con su red a la araña?

Estás sobre la playa de algodones
y tu marca de sombras sube y baja.

V

Mi madre sola, en su vejez hundida,
sin dolor y sin lástima,
herida de tu muerte y de tu vida.

Esto dejaste. Su pasión enhiesta,
su celo firme, su labor sombría.
Árbol frutal a un paso de la leña,
su curvo sueño que te resucita.
Esto dejaste. Esto dejaste y no querías.

Pasó el viento. Quedaron de la casa
el pozo abierto y la raíz en ruinas.
Y es en vano llorar. Y si golpeas
las paredes de Dios, y si te arrancas
el pelo o la camisa,
nadie te oye jamás, nadie te mira.
No vuelve nadie, nada. No retorna
el polvo de oro de la vida.


sábado, 15 de mayo de 2010

ULISES DE JOYCE


James Joyce

Nació el 2 de febrero de 1882 en Rathgar, suburbio de Dublín, Irlanda. Sus padres, John Stanislaus Joyce y Mary Jane Murray, eran fervientes católicos, James fue el mayor de diez hijos. Sus primeros estudios los efectuó en el Clongowes Wood College, regentado por los jesuitas, pero la situación financiera de la familia, con los frecuentes cambios de profesión de su padre, le hizo abandonar pronto aquel prestigioso centro para trasladarse a Belvedere College, una escuela pública y gratuita, donde permaneció entre 1893 y 1898. En aquella época ya mostraba un interés por la literatura e influido por Henrik Ibsen escribe sus primeros poemas.

En 1898 se matriculó en el University College de Dublín para estudiar lenguas y allí comenzó a interesarse por la gramática comparada, a la vez que continuaba dedicándose a la lectura, tomando parte muy activa en las actividades literarias de la universidad. Pese a haber reinvindicado siempre su formación jesuita, espíritu riguroso y metódico que se refleja incluso en sus composiciones literarias más innovadoras y experimentales, empezó en esta época a apartarse del catolicismo y de la política. En 1900, como colaborador de la revista Forthnighly Review publica su primer ensayo sobre la obra de Ibsen. Continúo en estos años escribiendo poemas e inició la línea experimental que sería característica de su obra posterior. En esta época también manifestó cierto rechazo por la búsqueda nacionalista de los orígenes de la identidad irlandesa, y su voluntad de preservar su propia experiencia lingüística, que guiaría todo su trabajo literario, cosa que le condujo a reivindicar su lengua materna, el inglés, en detrimento de una lengua gaélica que estimaba readoptada y promovida artificialmente.

En 1902, tras su graduación, se instaló en París con el propósito de continuar sus estudios, pero la ruina de su familia (que se vio obligada a vender todos sus enseres e instalarse en una pensión) le hicieron desistir de sus propósitos y buscó trabajo como periodista y profesor. Su situación financiera era tan precaria entonces como la de su familia. Volvió a Dublín en 1903 para asistir a su madre, enferma de cáncer. Antes de morir ésta le rogó que no renegara de su religión y que se hiciera cargo de su padre, al que las desgracias económicas le habían llevado al alcoholismo. La muerte de su madre le sumió en un desasosiego que le llevó a la búsqueda de amistades en los bajos fondos dublineses. Esta mala experiencia de la que supo salir, le sirvió de gran bagaje y motivo de reflexión acerca de los errores como puerta de entrada al arte. Fueron días difíciles en los que probó numerosos oficios, escribió novelas y trató de subsistir gracias a los préstamos de los amigos.

Algunos de sus biógrafos apuntan que la fecha en la que originalmente transcurre su principal novela, Ulysses, 16 de junio de 1904, fecha emblemática para muchos irlandeses, es la fecha de su primera cita con Nora Barnacle, una camarera de la que se enamoró y con la que compartió su vida, aunque no se casaron, hasta 1931. Con ella emprendió un largo viaje por Europa. Vivieron primero en Zurich, hasta 1906, y luego en Trieste, donde dio clases de inglés en una academia de idiomas.

En 1907 apareció su primer libro, el volumen de poemas de amor Música de cámara (Chamber Music) y ese mismo año enfermó de iritis, una enfermedad de los ojos que con los años le dejaría casi ciego.

En 1912 volvió a su país con la intención de publicar una serie de quince relatos cortos dedicados a la gente de Dublín, Dublineses (Dubliners), que apareció finalmente en 1914, y de hacerse cargo del primer cine de la ciudad, el Volta, proyecto en el que fracasó igualmente, por lo que volvió a Trieste a seguir ganándose la vida como profesor de inglés. Es en esta ciudad donde nacieron sus hijos, Giorgio y Lucía.

Al estallar la Primera Guerra Mundial marchó a Zurich y más tarde a Locarno donde vivió pobremente junto a su mujer y sus dos hijos. Afortunadamente para ellos su obra empezó a ser reconocida y recibieron un cierto apoyo de mecenas como los Rockefeller. En 1914, como ya se ha dicho, se publica Dublineses y en 1916 apareció su novela semiautobiográfica Retrato del artista adolescente (Portrait of the Artist as a Young Man,) monólogo interior de sentido profundamente irónico, en el que se muestra su maestría en el retrato psicológico. Aunque había empezado a escribir esta obra con el título de Stephen Hero en 1904, empezó a publicarse en 1914 en la revista The Egoist y apareció dos años después en forma de libro en Nueva York, lo que le dio a conocer a un público más amplio.

Su consagración literaria le vino de la mano de la publicación en 1922 de su obra maestra, Ulises (Ulysses), novela experimental en la que intentó que cada uno de sus episodios o aventuras no sólo condicionara, sino también «produjera» su propia técnica literaria: así, al lado del «flujo de conciencia» (técnica que había usado ya en su novela anterior), se encuentran capítulos escritos al modo periodístico o incluso imitando los catecismos. Es una novela llena de simbología, en la que experimenta continuamente con el lenguaje. Sus ataques a las instituciones, principalmente Iglesia católica y Estado, son continuas y muchos de sus pasajes fueron declarados obscenos por sus contemporáneos. Inversión irónica de la Odisea de Homero, la novela explora meticulosamente veinticuatro horas, 16 de junio de 1904, en la vida de tres dublineses de la clase media baja: Leopold Bloom, que vaga por las calles dublinesas para evitar volver a casa en la que sabe que su mujer, Molly, le está siendo infiel, y el joven poeta, Stephen Dedalus, que presenta un perfil ya más maduro que el que había aparecido en su obra anterior: Retrato del artista adolescente. El Ulises es definitivamente un retrato de nuestro tiempo y numerosos críticos durante todos estos años han tratado de ver conexiones con la literatura inmediatamente anterior: Zola o Mallarmé, e interpretaciones de sus múltiples facetas.

A comienzos de los años 20 Joyce se instala en París con su familia, por entonces ya era autor de prestigio y vivían con relativa comodidad, pero la enfermedad de los ojos seguía su curso implacable, el dolor le incapacita para leer y su salud se merma; las visitas a Irlanda se hacen cada vez menos frecuentes. Una breve estancia en Inglaterra, en 1922, le sugirió el tema de una nueva obra, que emprendió en 1923 y de la que fue publicando extractos durante muchos años, pero que no alcanzaría su forma definitiva hasta 1939, fecha de su publicación, con el título de Finnegans Wake. Unos años antes, en 1931, atendiendo a los ruegos de su hija, contrae matrimonio con Nora Barnacle con la que llevaba casi 30 años conviviendo.

Finnegans Wake no fue bien acogida por la crítica; en ella, la tradicional aspiración literaria al «estilo propio» es llevada al extremo y, con ello, al absurdo, pues el lenguaje deriva experimentalmente, desde el inglés, hacia un idioma propio del texto y de Joyce. Para su composición, el autor amalgamó elementos de hasta sesenta idiomas diferentes, vocablos insólitos y formas sintácticas completamente nuevas. La dureza de los comentarios y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial con la entrada de los nazis en París acrecentaron su crisis. Se trasladó de nuevo a Zurich, donde al poco tiempo le diagnosticaron una úlcera de duodeno.

Murió el 13 de enero de 1941 durante una operación de peritonitis.

Obra

Primera edición de Ulysses Stephen el Héroe (Stephen Hero), 1904.
Música de Cámara (Chamber Music), 1907.
Dublineses (Dubliners), 1914.
Exiliados (Exiles), 1915.
Retrato del artista adolescente (Portrait of the artist as a young man), 1916.
Ulises (Ulysses), 1922.
Poemas Manzanas o Poemas a penique (Pomes Pennyeach), 1927.
Finnegans Wake, 1939.

Fuente: Wikipedia y otras fuentes literarias.

















viernes, 7 de mayo de 2010

COMEDIA SIN TÍTULO-MÁS ALLÁ DE LA CASA DE BERNARDA ALBA




COMEDIA SIN TÍTULO- MÁS ALLÁ DE LA CASA DE BERNARDA ALBA.
En 1978 la Editorial Seix Barral (Biblioteca Breve) publicó de Federico García Lorca “El público y Comedia sin título” dos obras teatrales póstumas del gran poeta granadino que estuvieran ocultas desde 1936 a marzo de 1978 en que se hace la primera edición. Los comentarios y crítica literaria estuvo a cargo de los lorquistas R Martínez Nadal y M Lanffranque sin embargo, por razones que ignoro no se han vuelto a editar o al menos no se le han dado la publicidad que se merecen los textos lorquianos para las siguientes ediciones. En la contratapa se puede leer lo siguiente de “El público” y “Comedia sin título”:

“De verdadero acontecimiento literario puede en justicia calificarse la publicación del presente volumen, que pone al alcance del lector común dos obras póstumas de García Lorca hasta el momento de muy difícil acceso, y las presenta con el mayor respeto y solvencia textual. Por una parte, “El público”, según el único manuscrito conservado, de 1930, es una pieza central de la producción entera de Lorca, clave de su más audaz teatro de indagación onírica, iluminación poética a la vez que dilucidación del trasfondo de la problemática del erotismo lorquiano y de las relaciones autor- obra- espectador o lector, que preanuncia las investigaciones más arriesgadas y reveladoras de la vanguardia de las últimas décadas y se impone como una de las obras maestras del gran poeta. Rafael Martínez Nadal, a quien Lorca confió el original, lo edita en transcripción literal y versión depurada, nos narra su historia y desvela no pocas de sus significaciones simbólicas. Por su parte, la acreditada estudiosa lorquiana Marie Lanffranque nos depara, con su habitual y reconocida competencia, la edición y estudio de Comedia sin título, obra en un acto, emparentada con “El público” aunque presumiblemente algo posterior, que prosigue su compleja aventura y plantea, por primera vez de modo explícito en Lorca, la temática del arte y la revolución con una radicalidad exigente y turbadora. Ambas obras completan e incluso modifican en parte, para engrandecerla, la imagen que de García Lorca se tenía sin el conocimiento directo de ellas, que solo ahora es posible en su plena integridad”.

Transcribo (Comedia sin título) íntegra en el blog por ser de extensión realmente pequeña y una curiosidad para todos aquellos amantes de la obra de Federico García Lorca.
DanteRemixCRLiteraria.blogspot.com





Federico García Lorca

COMEDIA SIN TÍTULO



(Telón gris)

AUTOR: Señoras y señores:

No voy a abrir el telón para alegrar al público con un juego de palabras, ni con un panorama donde se vea una casa en la que nada ocurre y a donde dirige el teatro sus luces para entretener y haceros creer que la vida es eso. No. El poeta, con todos sus cinco sentidos en perfecto estado de salud, va a tener, no el gusto, sino el sentimiento de enseñaros esta noche un pequeño rincón de realidad. Ángeles, sombras, voces, liras de nieve y sueños existen y vuelan entre vosotros, tan reales como la lujuria, las monedas que lleváis en el bolsillo, o el cáncer latente en el hermoso seno de la mujer, o el labio cansado del comerciante.

Venís al teatro con el afán único de divertiros y tenéis autores a los que pagáis, y es muy justo, pero hoy el poeta os hace una encerrona porque quiere y aspira a conmover vuestros corazones enseñando las cosas que no queréis ver, gritando las simplísimas verdades que no queréis oír.

¿Por qué? Si creéis en Dios, y yo creo, ¿por qué tenéis miedo a la muerte? Y si creéis en la muerte, ¿por qué esa crueldad, ese despego al terrible dolor de vuestros semejantes?¡Ja, ja, ja! Diréis que esto es un sermón. Y bien, ¿es que es feo un sermón? Casi todos los que me oyen han dado un portazo y han salido de casa dejando a su padre o a su madre en un momento en que por su bien les reñían, y en este instante darían todo lo que tienen, hasta los ojos, por volver a oír las dulces voces desaparecidas. Lo mismo ahora. Pero ver la realidad es difícil. Y enseñarla, mucho más. Es predicar en desierto. Pero no importa.

Sobre todo a vosotros, gentes de la ciudad, que vivís en la más pobre y triste de las fantasías. Todo lo que hacéis es buscar caminos para no enterarse de nada. Cuando suena el viento, para no entender lo que dice, tocáis la pianola; cubrís de encajes las ventanas; para poder dormir tranquilos y acallar al perenne grillo de la conciencia, inventáis las casas de caridad.

¡Sermón!, sí, ¡sermón! ¿Por qué hemos de ir siempre al teatro par ver lo que pasa y no lo que nos pasa? El espectador está tranquilo porque sabe que la comedia no se va a fijar en él, ¡pero qué hermoso sería que de pronto lo llamaran de las tablas y le hicieran hablar, y el sol de la escena quemara su pálido rostro de emboscado! La realidad empieza porque el autor no quiere que os sintáis en el teatro, sino en la mitad de la calle; y no quiere, por tanto, hacer poesía, ritmo, literatura; quiere dar una pequeña lección a vuestros corazones; para eso es poeta, pero con gran modestia. Cualquiera lo puede hacer. El autor sabe hacer versos, los ha hecho, a mi juicio, bastante buenos, y no es mal nombre de teatro, pero ayer me dijo que en todo arte había una mitad de artificio que por ahora le molestaba, y que no tenía gana de traer aquí el perfume de los lirios blancos o la columna salomónica turbia de palomas de oro (Hace unas palmas) ¿Quiere traerme un café?
(Cae un telón pintado con casas y basura)

Bien cargado. (Se sienta. Se oyen unos violines.) El olor de los lirios blancos es agradable, pero yo prefiero el olor del mar. Yo puedo decir que el olor del mar mana de los pechos de las sirenas, y mil cosas más, pero a él ni le importa ni lo oye, él sigue llamando a las costas en espera de nuevos ahogados, esto es lo que le importa al hombre. Pero ¿cómo se llevaría el olor del mar a una sala de teatro o cómo se inunda de estrellas el patio de butacas?

ESPECTADOR 1º: Quitándole el tejado.
AUTOR: ¡No me interrumpa!
ESPECTADOR 1º: Tengo derecho. ¡He pagado mi butaca!
AUTOR: Pagar la butaca no implica derecho de interrumpir al que habla, ni mucho menos juzgar la obra.
ESPECTADOR 1º: Absolutamente.
AUTOR: A usted le gusta o no le gusta, aplaude o rechaza, pero nunca juzga.
ESPECTADOR 1º: La única ley del teatro es el juicio del espectador.

(Aparece corriendo por la escena un hombre vestido de mallas rojas. Lleva una cabeza de lobo. Da dos saltos y cae en medio de la escena)

AUTOR: ¿Quién es? ¡Ah! Se ha hecho usted daño. Pero no vuelva a pasar más por aquí. Se lo prohíbo terminantemente.
VOZ: ¡Lorenzo! ¡Lorenzo mío!

(Sale el LOBO, iluminado y seguido por un foco)

ESPECTADOR 1º: ¡Muy mal!
AUTOR: Tenga la bondad de callarse.
ESPECTADOR 1º: Yo he pagado por ver el teatro.
AUTOR: ¿Cómo? ¿Cómo? ¿El teatro? Aquí no estamos en el teatro.
ESPECTADOR 1º: ¿Qué no?
AUTOR (Violento): No, señor. Lo que pasa es que usted tiene miedo. Sabe, porque me conoce, que yo quiero echar abajo las paredes para que sintamos llorar o asesinar o roncar con los vientres podridos a los que están fuera, a los que no saben siquiera que el teatro existe, y usted se espanta por eso. Pero váyase. En su casa tiene la mentira esperándolo, tiene el té, la radio, y una mujer que cuando lo ama piensa en el joven jugador de foot-ball que vive en el hotelito de enfrente.
ESPECTADOR 1º: Si no estuviéramos donde estamos, subiría para abofetearle.
AUTOR: Yo le pondría la otra mejilla. ¡Cobarde!
CRIADO: El café.
ESPECTADOR 1º: Estoy demasiado cerca de la realidad para hacerle caso.
AUTOR: ¡Ja, ja, ja! La realidad. ¿Usted sabe cuál es la realidad? Óigala. La madera de los ataúdes de todos los que estamos en la sala está ya cortada. Hay cuatro ataúdes que esperan dentro de los vidrios a cuatro criaturas que ahora me oyen, y hay quizá uno, quizá uno que se puede llenar esta madrugada misma a poco de salir de este vivísimo lugar.
ESPECTADOR 1º: No he venido a recibir lecciones de moral ni a oír cosas desagradables. Dé usted gracias que está en España, que es un país aficionado a la muerte. En Inglaterra ya le hubieran silbado. Me voy. Yo creí que estaba en el teatro.
AUTOR: No estamos en el teatro. Porque vendrán a echar las puertas abajo. Y nos salvaremos todos. Ahí dentro hay un terrible aire de mentira, y los personajes de las comedias no dicen más que lo que pueden decir en alta voz delante de señoritas débiles, pero se callan su verdadera angustia. Por eso yo no quiero actores, sino hombres de carne y mujeres de carne, y el que no quiera oír que se tape los oídos.
ESPECTADOR 1º: Vamos, querida. Este hombre acabará diciendo alguna atrocidad.
ESPECTADORA 1ª: No me quisiera ir. Me interesa el argumento.
AUTOR: Quiere decir que le interesa la vida. La vida increíble que no está en el teatro precisamente. Hace unos días pude presentar en este mismo sitio a unos cuantos amigos, como prueba de lágrimas, una escena viva que no creería su marido de usted. En una pequeña habitación una mujer murió de hambre. Sus dos niños, hambrientos también, jugaban con las manos de la muerta, tiernamente, como si fueran dos panes amarillos. Cuando llegó la noche, los niños descubrieron los senos de la muerta y se durmieron sobre ellos mientras se comían una caja de betún.
ESPECTADOR 1º: ¡Qué exagerado!
AUTOR: Luis sabe que digo exactamente la verdad.
ESPECTADOR 1º: ¡Vamos, te digo!
ESPECTADORA 1ª: Pero no te pongas así. En el teatro todo es mentira.
AUTOR: ¡No es mentira! ¡Es verdad!
ESPECTADORA 1ª: Pues si es verdad, ¡Vámonos! ¡Qué horror! ¡Ay, qué desagradable!
ESPECTADOR 1º (Saliendo, al ACOMODADOR): ¡Salga a buscar un taxi!
ESPECTADORA 1ª: ¿Cómo has permitido que delante de mí digan estas cosas? ¡Era verdad! ¿Y cómo no los prendieron inmediatamente?
ESPECTADOR 1º: ¡Anda! ¡Ya sabía yo que te pondrías enferma! (Salen)
JOVEN (De frac, en una platea): Como siga así, lo dejarán solo.
AUTOR: ¡Ah! ¿Estaba usted ahí?
JOVEN: Sí, me interesa mucho su experiencia.
VOZ (Dentro): ¡Lorenzo! ¡Lorenzo mío!
AUTOR: Con su permiso. (Se dirige al CRIADO que tiene la taza de café)
JOVEN: Creo que esa gente no lo va a dejar. ¡Es tan hermoso el teatro! ¿Qué va a hacer usted de las copas de plata, de los trajes de armiño?... Esa voz que ha sonado dos veces me conmueve a mí mucho más que una verdadera voz de agonía…
AUTOR: Todo eso ha desaparecido ya del teatro. (Al CRIADO) ¿Cómo trae tan poco café y tan malo?
CRIADO: Se me derramó sin querer. Estaba todo oscuro y tropecé con unos pescadores que cantaban con unos peces de plomo en la cabeza. Después se me cayeron unas gasas encima, unas gasas llenas de moscas, y un viejo me dijo que era la niebla. Yo no estoy acostumbrado, y he pasado miedo.
AUTOR: Miedo de las cosas pintadas.
CRIADO: En mi café hay luz.
AUTOR: Y allí no te asustas.
CRIADO: No, señor.
AUTOR: ¿Van muchos borrachos?
CRIADO: Sí.
AUTOR: ¿Y hablan?
CRIADO: Hablan cosas de borrachos. Ayer llevaron un niño y un gran pavo y jugaron para ver cuál se emborrachaba antes. Al niño le daban coñac, y al pavo anís con mijitas de tabaco. Nos reímos mucho. Se emborrachó antes el niño y se daba con la cabeza por las paredes. Al pavo le cortaron luego la cabeza con una gillete. Y se lo comieron.
JOVEN: ¿Lo ve usted? Ese muchacho lloraría con una historia de amor bien narrada. ¡Hace falta la escena! ¡Va usted a fracasar!
AUTOR: ¿Por qué no lo impediste?
CRIADO: Tengo que ser agradable a los parroquianos.
AUTOR: ¿Y no tuviste miedo?
CRIADO (Ríe): ¿Qué miedo voy a tener de un niño y un pavo? Cuando le cortaban la cabeza, todavía le echaban por el pico abierto una copa de anís. Tardaron casi media hora, porque la gillete estaba mellada.
AUTOR: ¡Calla!
CRIADO: ¿Se asusta usted? ¡Pues si viera los carnavales! El año pasado vino un borracho tocando el violín. Todavía me río de recordarlo. ¿Sabe usted lo que era el violín? Era un gato crucificado boca arriba sobre una tabla de lavar, el arco era un gran manojo de zarzas y, al pasarlas sobre el animal, este daba grandes maullidos, que servían de música para el baile de dos mujeres, muy bien vestidas, eso sí, ¡de raso!, una de Pierrot y otra de Colombina.
JOVEN: ¡Cántele usted una canción cursi, y ya verá qué lágrimas!
AUTOR: ¿Me quiere dejar?
JOVEN: Es que le aviso. Los que se las echan de listos llaman a esto barbarie, otros aberraciones, y dan media vuelta para dormirse mejor.
AUTOR: Hay que despertarlos y abrirles los ojos, aunque no quieran.
JOVEN: ¿Para qué?
AUTOR: Para que vean.
JOVEN: Y esté seguro que recién salidos del sueño, con las cuerdas de una conciencia convencional todavía flojas, la mitad de ellos pediría el manojo de zarzas para restregarlas con fruición sobre el animal crucificado.
CRIADO: Y harían muy bien. Los gatos son peligrosos, arañan a los niños y no son fieles.
AUTOR (Al JOVEN): Yo no quiero corregir a nadie. Sólo quiero que la gente diga la verdad. Y este la está diciendo en público.
JOVEN: A medias.
AUTOR: Claro, porque todavía está mal iluminada. Hacen falta reflectores tan potentes que puedan quemar y destruir el corazón de los que hablan. (Al CRIADO) Puede usted marcharse.

(Se va el CRIADO)

AUTOR (Dirigiéndose a la izquierda): ¡No! Te he dicho que no entres. No te quiero ver. ¡Estoy cansado de mentiras!
CRIADO (Entrando): Señor.
AUTOR: ¿Qué?
CRIADO: ¿Tendría la bondad de decirle a los empleados que encendieran la luz?
AUTOR: ¿Para qué?
CRIADO: Para salir.
AUTOR: Siga el pasillo, a la izquierda, al fondo, levante la cortina, cruce el salón de ensayos y por una escalera llegará a la calle.
CRIADO: Es que…
AUTOR: Vamos, ¡váyase!
CRIADO: Es que tengo miedo. He de saltar por la niebla que está en el suelo, y además, hay dos grandes pájaros en la claraboya.
AUTOR: ¡Enciendan la luz! No es nada. Ya lo verá. Unas gasas y unos telones pintados.
CRIADO: Sí, sí, pero parecen de verdad.
AUTOR: ¿Y si lo fueran?
CRIADO: ¡Ah! Si lo fueran, con dispararles un tiro…

(Se oyen tres grandes golpes y cae un telón en el que hay pintado un palacio inverosímil)

APUNTADOR (Entrando): Señor Director, ¿no acude al ensayo?
AUTOR: No. ¿Qué se ensaya?
APUNTADOR: “El sueño de una noche de verano”.
AUTOR: La gente puede llorar con el “Otelo” y reír con “La fierecilla domada”, pero no entienden “El sueño de una noche de verano”, y se ríen. Aunque más vale que no se enteren. ¿Sabe usted el argumento de esta obra?
APUNTADOR: Yo soy un traspunte. No lo puedo explicar bien.
AUTOR: Es un sombrío argumento.
APUNTADOR : A mí me alegra mucho.
AUTOR: Pues no es alegre. Todo en la obra tiende a demostrar que el amor, sea de la clase que sea, es una casualidad y no depende de nosotros en absoluto. La gente se queda dormida, viene Puck, el duendecillo, les hace oler una flor y, al despertar, se enamoran de la primera persona que pasa, aunque estén prendados de otro ser antes del sueño. Así, la reina de las hadas, Titania, se enamora de un campesino con cabeza de asno. Es una verdad terrible, pero una verdad destructora puede llevar al suicidio, y el mundo necesita ahora más que nunca verdades consoladoras, verdades que construyan. Se necesita no pensar en uno, sino pensar en los demás. No voy al ensayo.
APUNTADOR: ¿Cómo imitamos el aire que ha de soplar en las escenas del bosque?
AUTOR: Como queráis. Cantando con la boca cerrada. Déjame en paz. Es el último día que piso el teatro.
ACTRIZ 1ª (Saliendo vestida de Titania): ¡Lorenzo! ¡Lorenzo! ¿Cómo no vienes? No puedo trabajar sin ti. Si no veo la salida del sol, que tanto me gusta, y no corro por la hierba con los pies descalzos, es sólo por seguirte y estar contigo en estos sótanos.
AUTOR (Agrio): ¿Dónde has aprendido esa frase? ¿En qué obra la dices?
ACTRIZ: En ninguna. La digo por primera vez.
AUTOR: Mentira. Si el cuerpo que tienes fuera tuyo, te azotaría para ver si hablabas de verdad.
ACTRIZ: Lorenzo.
AUTOR: Te figuras que porque vayas vestida de Titania me vas a embriagar, y estás equivocada. Mañana te vestirás de mendiga, de gran dama, y otro día serás la serpiente en la fábula de algún poeta embustero.
ACTRIZ: Yo sólo sé que te amo. Quiero que me azotes para que veas que mi piel se pone rosada; quiero que me claves un punzón en el pecho para que veas saltar un hilo de sangre. Ja, ja, ja, ja. Y si te gusta la sangre, te la bebes y me das una poquita a mí.
AUTOR: ¡Mentira!
ACTRIZ: ¡Claro! ¡Mentira! (Lo abraza) Yo estoy aquí sola, y sin embargo, me llevas en cada ojo, diferente y pequeñita. Si la nieve huye del fuego, ¿Cómo puedes llevar tus dientes fríos dentro de esas brasas de tus labios? ¡Mentira! Me gustaría que fueras un caballo gris de los que salen en la madrugada a buscar a las potras en lo oscuro de los establos. No, no.
AUTOR: ¡Déjame!
ACTRIZ: Ja, ja, ja, ja. Eres un oso. ¿No crees nada de lo que te digo? Pues estrújame y verás cómo agonizo en tu pecho peludo. Hasta ayer me gustaban las carnes de seda. Ahora me gusta la crin, los arrabales sucios y la choza del pastor.
AUTOR: No creas que te vas a venir conmigo por reflejar esos gustos. No lo consentiré. Yo sí me voy para huir de ti, de tu sociedad, de tu inconstancia.
ACTRIZ: ¿Es que yo no puedo ser mujer fea, de las que tú buscas, criatura leprosa, y acompañarte? Sí. Tú eres mío. ¡Ah! ¡Si vieras cómo me gustaría morir en un hospital contigo!
AUTOR: Tú no me dirías nunca la verdad.
ACTRIZ: Ni nadie. Pero te cantaría la mentira más hermosa. A mí me gusta también la verdad —un minuto nada más; la verdad es fea—, pero si la digo, me arrojan del teatro. Me dan ganas de dirigirme al público y, en la escena más lírica, gritarles de pronto una palabrota, la más soez, ja, ja, ja. Pero yo quiero mis esmeraldas, y me las quitarían.
AUTOR (Furioso): ¡Fuera de aquí! ¡Fuera!
ACTRIZ: ¿Ah, pero me vas a azotar de veras? Ya sé que Titania no te gusta. Es un hada, y las hadas no existen. Pero Lady Macbeth, sí. (Se quita la peluca blanca y enseña al viento una cabellera negra. Se despoja de una gran capa blanca y aparece con un traje rojo fuego. El telón del fondo se levanta y aparece otro telón en el que hay pintado un sombrío claustro de piedra con cipreses y árboles fantásticos) Lady Macbeth, sí; y, además, ahora me tienes miedo. (La luz se cambia lentamente por una luz azul de luna) Porque soy hermosa, porque vivo siempre, porque estoy hasta de sangre. ¡Harta de sangre verdadera! Más de tres mil muchachos han muerto quemados por mis ojos a través del tiempo. Muchachos que vivían y que yo he visto agonizar de amor entre las sábanas.
AUTOR: ¿En qué libro has leído ese párrafo? No eres más que una actriz. ¡Una actriz despreciable!
ACTRIZ: Una cómica que muere por ti, ¡Lorenzo! Que te suplica que no la abandones.
AUTOR (A voces): ¡Tengan la bondad de dar más luz y levantar estos telones!
ACTRIZ: Eso. Luz roja, luz roja para verme las manos llenas de sangre. Han dado luz de luna y quiero hacerte la escena final.

(Luz roja)

AUTOR (A los ELECTRICISTAS): ¿Me han oído?
ACTRIZ: ¡Silencio! Me has de amar por la fuerza. La sangre que cae en la tierra se convierte en lodo. ¿Qué me importa a mí que mueran los soldados? Pero si cae una copa de jacintos, se convierte en el vino de más rico paladar.

(Se oyen unos disparos)

AUTOR: ¿Qué pasa? ¡Den toda la luz! ¡Iluminen el vestíbulo!

(Cruza la escena NICK-BOTTOM con la cabeza de asno en la mano)

NICK-BOTTOM: ¡Es horrible! ¡Vengan! ¡Dentro estaremos seguros!

(Se oyen más cerca los disparos)

ESPECTADORA 2ª (Sentada en el centro del patio): ¡Vámonos! ¡Tengo miedo, los niños están solos en casa!
ESPECTADOR 3º: Las calles deben estar tomadas militarmente y no dejarían el paso.
TRASPUNTE (En la escena): Parece que se acercan más. Todo el vestíbulo está lleno de gente.
VOZ: ¡Viva la revolución!

(La ACTRIZ se ha puesto un impermeable rápidamente y ha ocultado su cabellera bajo un sombrero de fieltro gris)

ACTRIZ: Cierren las puertas, ¡ciérrenlas!
AUTOR: ¡Que las abran! ¡El teatro es de todos! ¡Esta es la escuela del pueblo!
ACTRIZ: No, aquí no entran. Romperán las vajillas reales, los libros fingidos, la luna de vidrios delicados. Vertirán elixires maravillosos conservados a través de los siglos y destrozarán la máquina de la lluvia.
AUTOR: ¡Que lo rompan todo!
ACTRIZ: Amado mío, ¡dejarán la escena inservible!
AUTOR (Al APUNTADOR): He dicho que abran las puertas. No quiero que se derrame sangre verdadera junto a los muros de la mentira.
APUNTADOR: Está bien, usted manda; pero ¿y la economía? ¿Qué va a ser de la economía?
AUTOR (Furioso): ¿Qué entiende usted por economía?
APUNTADOR: Es un misterio en el cual creo y que respetan todas las personas sensatas.
AUTOR: ¡Al diablo la economía! ¿Oye usted? ¿Oye usted?
APUNTADOR (Temblando): Sí. ¡Déme, por favor, unos algodones para taparme los oídos!
AUTOR: ¡Es un rumor de sangre viva!
ACTRIZ: ¡No te asomes, Lorenzo! ¡Puede matarte una bala!
AUTOR (Sarcástico): ¿Dónde está Lady Macbeth?
ACTRIZ: Lady Macbeth no puede hablar cuando un oleaje de balas abate las rosas de los jardines.
HOMBRE VESTIDO DE NEGRO (Entrando): Tiene usted razón. La pólvora mata a la poesía.
AUTOR: ¡O la salva!
HOMBRE: ¡Mano dura! ¡Mano dura! ¡Hagamos una gran rosa de cabezas rebeldes! Adornemos las fachadas, las farolas, los pórticos de la arquitectura milenaria con guirnaldas de las lenguas que quieren destruir lo instituido.

(Entra en escena un LEÑADOR con la cara completamente blanca, un haz de leña al hombro y un farolito en la mano)

LEÑADOR: Parece que los revoltosos se baten en retirada.
HOMBRE (Saliendo): ¡Eso! ¡Hay que vencerlos!
AUTOR: ¿Quién es usted?
HOMBRE: Yo. El propietario del teatro. ¡Mano dura! El bien, la verdad y la belleza han de tener en esta época un fusil entre las manos.
LEÑADOR: ¡Muy bien dicho!
AUTOR: ¿Por qué dices muy bien? ¿Cuánto ganas?
LEÑADOR: Unas cuantas monedas. Lo suficiente para el pan. Pero yo lo único que quiero es que me dejen representar tranquilo mi papel.

Un nardo puede ser estrella o nieve.
El cielo de la noche, un paño roto.
Que cante la cigarra o gima el viento,
lo que importa es el sueño de los ojos.

AUTOR: ¿Qué papel es el tuyo?
LEÑADOR: ¡Soy la luna de Shakespeare!
AUTOR: ¡Pero aquí no!
LEÑADOR: ¡Prueba a enterrarme, y verás como salgo!

(Se oyen dos cañonazos)

APUNTADOR (Entrando): La fuerza está ahora cargando en la gran plaza .

(Sale. Entran la ESPECTADORA 2ª y el ESPECTADOR 2º, que antes estaban en las butacas)

ESPECTADORA 2ª: Es la revolución, Enrique. ¡La revolución!
ESPECTADOR 2º: ¿Hay peligro de que entren aquí las balas?
LEÑADOR: Ninguno, pero allí estarán más protegidos. ¡Lo malo es si vienen los aeroplanos! Pero a mí no me importan, en último caso. Ya lo expresa mi papel.

El aire es para mí luna de octubre,
ni pájaro, ni flecha, ni suspiro.
Los hombres dormirán. Las hierbas mueren.
¡Sólo vive la plata de mi anillo!
Tú, que estás bajo el agua, ¡sigue siempre!
Los húmedos miosotis tienen frío.
Aunque la sangre tiña los tejados,
no manchará la luz de mi vestido.

(Llorando) ¡Es una hermosa canción que quizá no me dejarán cantar nunca más!
ESPECTADORA 2ª: ¿Qué dice?
NICK-BOTTOM (Entrando): ¡He visto venir cuatro aeroplanos!
ESPECTADORA 2ª: ¡Ay! ¡Mis hijos! ¡Mis hijos! Estoy segura que asaltarán la casa y, como están solos con la institutriz y los criados, ¡los matarán!
VOZ (En delantera de paraíso): ¡Los obreros no han hecho eso nunca, ni lo harán jamás!
ESPECTADOR 2º (Al público): ¡Lo han hecho!
AUTOR (Al ESPECTADOR 2º): ¡Miente usted!
ESPECTADOR 2º: En una revolución de hace muchos años sacaron los ojos a trescientos niños, algunos de pecho.
AUTOR: ¿Quién se lo contó? ¿Qué infame manchó su lengua con esa pesadilla? ¡Conteste!
ESPECTADOR 2º: Modere sus palabras y hable con la corrección debida a un caballero.
AUTOR: Yo no soy un caballero ni quiero serlo. Soy un agonizante de Dios.
ESPECTADOR 2º: ¡Zarandajas!
ESPECTADORA 2ª (Asustada y agarrando al marido): ¡Enrique! ¡Enrique!
ESPECTADOR 2º: Lo sé muy bien. Un periodista amigo mío presenció el hecho, ¡un gran periodista! Y, para prueba, se trajo dos ojos azules, vivos, que enseñaba a todo el mundo, dentro de una cajita de laca.
APUNTADOR (Entrando): ¡Los aeroplanos van a empezar el bombardeo!
ESPECTADORA 2ª: ¡Mis hijos! ¡Ay, mis hijitos! (Al AUTOR) Sobre todo el pequeño, no puede estar sin mí. Es rubio, y todas las mañanas entra cantando una canción inglesa para despertarme ¡No puede estar sin mí!
ESPECTADOR 2º: Cuando llegue la noche la echará de menos, porque, a pesar de su rango, ¡ella misma lo desnuda!
ESPECTADORA 2ª: Y los matarán, Dios mío, ¡los matarán!
TRAMOYISTA (Saliendo de la sombra): No tenga miedo, señora. Yo mismo iré. Yo sortearé las balas y les diré que ustedes están seguros.
AUTOR: ¿Vas a salir?
TRAMOYISTA: ¡Sí!
AUTOR: Yo voy a mirar por las claraboyas.
ACTRIZ (Detrás): ¡Lorenzo! No te expongas. Aleja el peligro de tu maravilloso talento. (Sale detrás)
TRAMOYISTA: Si veo que no hay peligro, los traeré con ustedes. Son padres, y yo comprendo su angustia. Si esto dura, los sótanos del teatro son el mejor sitio de la ciudad.
ESPECTADORA 2ª: Si. ¡Vaya! ¡Vaya!
TRAMOYISTA: Esté tranquila (Se va).
ESPECTADOR 2º: ¿Quién es este hombre?
LEÑADOR: ¡Un tramoyista!
ESPECTADOR 2º: ¿Cómo se llama?
LEÑADOR: Bakunin el Loco le dicen sus compañeros.
ESPECTADORA 2ª: Tenemos que ayudarle. Yo le daría todo lo que tengo. ¿Para qué preguntas su nombre?
ESPECTADOR 2º: Para eso (Aparte). Para denunciarlo después (Escribe en una libretita).

(Se oye el comienzo del bombardeo. Todos están silenciosos, arrimados a los muros. El AUTOR ha subido por una escalera y no se le ve)

VOZ (Del Paraíso): ¡Canalla!
ESPECTADOR 2º: Estás en la sombra, pero yo iluminaré la sombra para cargarte de cadenas. Soy del ejército de Dios y cuento con su ayuda. Cuando muera, le veré en su Gloria y me amará. Mi Dios no perdona. Es el Dios de los ejércitos, al que hay que rendir pleitesía por fuerza, porque no hay otra verdad.
LEÑADOR: ¡Arrímese al muro y defiéndase! Estamos en pleno bombardeo.
ESPECTADOR 2º: No tengo miedo. ¡Dios está conmigo!
VOZ: ¡No creo en tu Dios!
ESPECTADOR 2º: Lo sé, ¡pero la mala hierba se arranca así! (Saca un pequeño reflector y lo dirige hacia el paraíso, que queda iluminado)
OBRERO (Vestido de mono, levantando los brazos): ¡Camaradas!

(Todo el teatro se ilumina)

ESPECTADOR 2º (Frío): ¡Ah! ¡Buen mozo! (Saca una pistola y dispara. El OBRERO da un grito y cae)
MUJER 1ª: ¡Lo ha matado!
MUJER 2ª: ¡Asesino! ¡Asesino!
ESPECTADOR 2º: ¡Que los acomodadores saquen a esa gente que impide la representación! (Apaga el reflector, y todo el teatro vuelve a quedar a oscuras) ¡Buena caza! Dios me lo pagará. Bendito sea en su sacratísima venganza ¡No hay más que un solo Dios!
JOVEN (De la platea, lanzando una carcajada): Un solo Dios, claro, ¡y Mahoma su profeta! ¿Por qué no dispara usted contra mí? Como estamos en plena revolución, no le pasará nada.
ESPECTADOR 2º: Con los judíos y demás tenebrosa gente hay que andar con cuidado.
JOVEN: Perdón. No soy judío. Soy mahometano.
ESPECTADOR 2º: ¿No teme el bombardeo?
JOVEN: Menos que usted. Estoy deseando morirme para tener un millón de concubinas. Aquí las mujeres son caras.
ESPECTADOR 2º (Mirando a un lado y a otro para hablar): Carísimas, pero día vendrá, y creo que está próximo, en que las tengamos baratas como antes. Mis antepasados las tuvieron a pares.
JOVEN: ¡Tiempos felices! ¡Por cierto que le felicito, porque veo que es usted un magnífico tirador!
ESPECTADOR 2º: Tuve de maestro a un teniente alemán que había hecho todas las guerras africanas. Su único objetivo era el hombre. Matar un pájaro lo llenaba de irritación.
JOVEN (Bajando la voz): Ha sido un blanco magnífico. ¿Fue en el corazón?
ESPECTADOR 2º: En el corazón hubiera dado un salto, y cayó hacia atrás sin abrir la boca. Fue en el centro mismo de la frente.

(Un gran ruido de bombardeo invade la escena)

ESPECTADORA 2ª: Enrique, Enrique. Ven aquí. Deprisa. Por favor.
ESPECTADOR 2º: ¡Si no hay peligro! (Se va con su mujer)

(El bombardeo crece. Luces de todos los tonos iluminan la escena. Al fondo cruza un grupo de personajes con trajes de HADAS y SILFOS que llevan a un herido)

HADA: Cayó de una claraboya.
SILFO: Flor de Guisante, sosténle bien la cabeza.
OBRERO (Agonizante): ¡Viva la revolución!
HADA: Lo llevaremos al guardarropa.
SILFO: ¡Dame un pañuelo!
HADA: ¡Pronto! ¡Deprisa! (Salen)
ESPECTADORA 2ª: ¡Mis hijos!, ¡Mis hijos!
ACTRIZ: Estoy harta de oírla gritar mal. No lo puedo sufrir. Su voz tiene un aire falso que no logrará [conmover] nunca. No, así; es así: ¡Mis hijos, mis hijos, mis niños pequeños! ¿Lo ha oído? ¡Mis niños pequeños! Y las manos hacia delante, imprimiéndoles un temblor, como si fueran dos hojas en una fiebre de viento.
TRAMOYISTA (Entrando): ¡El pueblo ha roto las puertas!

(El ESPECTADOR 2º hace ademán de sacar su pistola; su mujer lo contiene)

AUTOR (Saliendo): Aquí, ¡aquí! Decid la verdad sobre los viejos escenarios. Clavad puñales sobre los viejos ladrones del aceite y el pan. Que la lluvia moje los telares y despinte las bambalinas.
VOZ: ¡El fuego!
VOZ (Más lejana): ¡El fuego!
AUTOR (Saliendo): ¡Y el fuego!

(El teatro se ilumina de rojo)

ACTRIZ (Entrando, en voz alta): ¡Lorenzo! (En voz baja y temblando) ¡Lorenzo!


(Telón)










LITERATURA DE COSTA RICA